2.13.2009

Un domingo sin luz a mis 9 años (Catu)

Suspendieron la energía eléctrica en el barrio y empiezan las primeras horas del domingo que se va; en plena oscuridad, rodeada de mis hermanas y primas, veo que la puerta de la cocina se abre, alguien trae luz y siento alivio. Quien entra es mi tía a la que identifico por su piel tersa que brilla por la cantidad de crema depositada en ella, enorme cabeza por los rulos y el pañuelo de flores mate que envuelven su cabello castaño oscuro, ojos salidos, pestañas cortas y boca grande, le decimos Lule.

En estos precisos momentos la imaginación y los recuerdos de la Lule gritan por salir, así que decide narrarnos las historias de fantasmas que ella conoce de cerca y también las que ha oído y se relacionan con las primeras. Sentada en la mesa de la cocina, con la cara apoyada en la mano, le escucho con inocente atención, creo cada frase que ella pronuncia; esto sacude mi sistema nervioso, produciendo sudor frío que recorre mi cuerpo y se encharca en mis manos, además la visión se me nubla y con esta condición empiezo a escudriñar cada rincón de la oscura habitación mientras la historia sigue, parece que el espacio se redujera, me siento presa del miedo, empiezo a dudar de todos, siento que no puedo más pero no me levanto, sigo escuchando.

En seguida, una niña “graciosa” simulando ser alguien de otro mundo, empieza con el juego de jalar los pies a la más despistada, quien no la ha notado deslizarse por debajo de la mesa, cae en el juego; empiezan los gritos, los empujones y las risas, pobre niña recibe más de un golpe y aunque se queja, nadie le escucha, los nervios buscan firmeza y ese es su desahogo.

Han pasado algunas horas y mañana tenemos clases, es hora de ir a dormir; todas excepto mi tía estamos paralizadas, nos levantamos, nos tomamos con fuerza de los brazos y peleamos por ocupar el medio, caminamos cerca de quien lleva la luz.

Mi tía y primas viven tres pisos abajo, mis hermanas y yo tenemos que cruzar un corredor y la sala para llegar a nuestros dormitorios; sin embargo, alguien empieza a correr, estamos tan nerviosas que nos movemos hacia donde nos lleven las fuerzas de la más valiente que obviamente es quien va delante. Bajé tres pisos con los ojos cerrados, sudando y arrastrada por la brusca corriente. Ahora tengo que subir tres pisos, cruzar el corredor y la sala para llegar al dormitorio, no lo puedo hacer!. El tiempo pasa, todos me dicen que suba, que no sienta miedo, pero no puedo, no puedo.

La energía se ha restablecido, pero no hay luz en las gradas, me dejan sola y empiezo a gritar llamando a mi padre, quien me responde desde el tercer piso (Quéee paaaasa?!); mi mami le ordena que baje a llevar a la guagua, él así lo hace, baja agitado y después de comentar que exagero la situación, me acompaña, siento alivio pero sigue oscuro y sigo con miedo. Empezamos el ascenso, la respiración de mi padre es más ruidosa a medida que subimos cada escalón, empiezo a desconfiar de él y escucho una mezcla de palabras-respiración que salen de su interior, el mensaje es “Ya viene el diablo”, grito con todas mis fuerzas y sin darme cuenta he subido corriendo y estoy llorando desesperada en lo brazos de mi madre, quien seca mi sudor y besa mi frente.

Mi pobre padre entra después de unos instantes, su ceño está fruncido, sus ojos hundidos, suda un poco y expresa su preocupación (“Hijita qué paso?!”), les cuento lo que escuché pero no me creen. Realmente lo escuché?

Así termina uno de esos domingos en los que solía irse la luz.

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