Después de leer el blog del Apestado, enterarme que Cuico su perro había muerto y que lo habían comprado en el PAE, me vino a la mente mi preciosa Ágata y por eso quise escribir unas líneas porque no quiero olvidar todo lo que he vivido a su lado desde el día en que llegó a mi vida, que además no me la esperaba.
El dueño de casa se opuso desde el principio a que llevara una "gata" porque con eso de que se ponen en celo a cada rato y que no sabes cuántos mininos traerá al mundo... una vez más el sexo femenino era discriminado. Al final llegó Any con una cosita gris, despeinada, flaca y muy asustada. Le puso en el suelo y enseguida la criatura se escondió detrás del mueble de la sala, por el color tan masculino de su pelo pensé que era un “macho”, resulta que no, era una hembra.
Enseguida pensé en las recomendaciones del dueño de casa y en el escasa economía que manejaba para mi subsistencia, resulta que esterilizar una gata costaba nada menos que 90 usd, y si yo vivía con 200 usd, ¿de dónde iba a sacar la mitad de mi presupuesto para evitar que mi nueva compañera trajera mucha mucha mucha descendencia al mundo?; los meses pasaron y un día el dueño de casa metió por debajo de la puerta un anuncio que había salido en el periódico acerca de la promoción que ofrecía el PAE para esterilizar animales, el costo de la operación era 3 veces menor al estándar así que aprovechamos con Any y llevamos a la michu al quirófano.
Ágata era tan miedosa que si no alcanzaba a esconderse en el rincón más cercano, se tapaba los ojos cuando alguien se le acercaba, se aguantaba el hambre y las ganas de hacer pi pi hasta que la habitación en la que se encontraba quedara sola, entonces ya se podrán imaginar lo difícil que fue sacarla de la casa y exponerle al ruido de la calle, incluidos los ladridos de los perros que la asustaban mucho.
Al fin llegamos al sitio donde le extirparían el útero a la inocente gatita, ella estaba muy asustada y después de guardarle en una jaula para que no huyera, la veterinaria nos pidió volver en unas horas, entonces nos alejamos del lugar viendo la expresión de ágata que era la de un preso que ve alejarse a sus visitas.
Cuando regresamos nos dijeron que la operación resultó como esperábamos y que la gata estaba dormida, me acerqué a verle y de repente sentí tanto frío que sentí debilidad en las piernas hasta el punto de caer. Metida en un carton con una cobija en el fondo, la gatita sedada por la anestesia parecía muerta, tenía una parte de su cuerpecito rasurada y se veía la cicatriz de la intervención.
La cargamos dormida hasta la casa y llevábamos con nosotras una hoja con indicaciones para su cuidado. Al llegar tendimos un colchón en el piso y cerramos todos los sitios por donde la paciente podría escapar. Casi llegada la noche empezó a despertar, yo sentada a su lado le miraba dormir, al despertar, ella no sabía lo que pasaba, intentó levantarse y se cayó varias veces así que optó por arrastrarse hasta mis piernas, con su mirada débil y su brazo estirado me pidió que la cargara, expresaba sin palabras su necesidad de cuidado y afecto.
Después de mucho contemplarle y dejarle dormida, salí a la cocina, al regresar encontré a la “paciente” colgada de la cortina que tapaba la ventana por donde siempre salía, se sostenía de un solo brazo y al verme ella cayó. Solo pedía no estar sola.
Al pasar los días, la michu ya podía caminar aunque cojeaba y casi no asentaba su pierna, además intentaba arrancar sus hilos con los dientes, decidimos ponerle un vestido rojo hecho de la manga de un saco que cortamos y un cuello que le impedía bajar su cabeza para morderse a sí misma. La veterinaria nos recomendó no dejarle salir hacia los techos y lugares que no estuvieran limpios, así lo hicimos, sin embargo un día la muy sagaz se nos escapó, no apareció en todo el día, yo le llamaba a gritos y ella no me contestaba, temía que se hubiera lastimado y no pudiera regresar. En la tarde desistí de llamarle entonces volvió, parecía una adolescente que regresaba de su primera noche de farra fuera de la casa, claro de esas farras locas, traía su cuello roto, el vestido desgarrado, caminaba en tres patas y su color era gris blanquecino.
Al final su herida sanó, ella misma se arrancó el hilo con los dientes y el pelo le creció. Vive con nosotras 2 años y no ha tenido hijos.
Yo no he tenido problemas de sobrepoblación de mininos, Ágata no ha tenido que parir un millón de veces y sin embargo, hasta ahora me pregunto, si su esterilización fué justa para ella y si yo tenía derecho a intervenir en su cuerpo y quitarle un órgano que nació con ella...