Hay circunstancias- pueden durar minutos horas o días - en que la cotidianidad plagada de mensajes consumistas y veleidosos me llevan a un letargo el cual me es dificultoso desvelar; de pronto sucenden hechos, como la muerte de gente que de alguna manera tocó instantes de mi vida: Benedetti con varias líneas de sus poemas contundentemente apropiadas en su momento, y Tránsito Amaguaña, la líderesa indígena, tan lejana y a la vez tan concurrente en mi imaginario, provocadora de cuestionamientos y reflexiones que desbocan circularmente en mi mente como prueba de que llevo en mi memoria ancenstral las resistencias y sublevaciones de mis antepasados indígenas. Escribí algo sobre ella, pero casual o causalmente llegó a mi, un perfecto texto escrito por Dani, mi hermano menor, que a más de conmoverme me despertó y me alejó de penosas remembranzas que aún intentan jalarme hacia abajo. Lo reproduzco aquí para invocarlo cada vez que precise de un pinchazo de existencia para encontrar luz. Gracias Gordito.
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Mamaku Tránsito
Me la imagino menudita y delgada, con anaco oscuro, entre morado y azul, que no alcanza a cubrir unos pies ovalados, con los dedos recogidos y los talones con unas cuantas heridas y callos ennegrecidos. Una pequeña blusa celeste, gastada y roída, cubierta con una bayeta algo más clara que el anaco y que deja la barriga totalmente descubierta al frío. No tendrá más de cinco años.
Madrugadita para ayudar en la casa. Acostumbrada a estar despierta a esa hora, dando cara al viento helado, al hambre de ayer, al trabajo duro de la casa. Lista para ayudar, como lo hacen sus padres, a contener la dureza de la vida indígena.
Sale de la choza dando pasos cortos pero rápidos, incansables, al ritmo que impone su tayta que, sin esperarla, posa la mirada fija en las tierras que son suyas por sangre y por historia, pero que la ley desconoce para conveniencia del patrón.
Me gusta imaginarla ingenua, atrevida y reflexiva. Desconociendo las razones para una faena demasiado pesada para su edad, más lejos todavía de las que provocan una suerte tan injusta para los suyos.
Cuidando, con sus turis y sus ñañas, los animales pequeños. Encontrando el juego y la diversión en las faenas del campo. Reconociéndose como una compañera de los pájaros y las papas. Recuperando en su alma la dignidad de su familia, de su comuna, de la humanidad.
No termino de dimensionar cómo se encontró con el coraje interno, con la valentía de años posteriores. Tal vez al reflejarse en la mirada indignada de la mama que se aguanta por supervivencia los maltratos del amito y los golpes del marido. O pudo ser en las discusiones de la comuna, clandestinas y sigilosas, que en un quichua incomprensible desfogaban toda la injusticia cargada durante tanto tiempo.
Sin embargo, en esa incertidumbre, en esa ingenuidad, en esas madrugadas y en esa infantil fragilidad, por ahí fueron echando las raíces de la mama Transito, de la lucha por lo más profundo de la vida y del testimonio, del amor, el sentido y la humanidad que nos deja, para sembrarlos como las semillas que alguna vez acompañó a sembrar. D.B.
Me la imagino menudita y delgada, con anaco oscuro, entre morado y azul, que no alcanza a cubrir unos pies ovalados, con los dedos recogidos y los talones con unas cuantas heridas y callos ennegrecidos. Una pequeña blusa celeste, gastada y roída, cubierta con una bayeta algo más clara que el anaco y que deja la barriga totalmente descubierta al frío. No tendrá más de cinco años.
Madrugadita para ayudar en la casa. Acostumbrada a estar despierta a esa hora, dando cara al viento helado, al hambre de ayer, al trabajo duro de la casa. Lista para ayudar, como lo hacen sus padres, a contener la dureza de la vida indígena.
Sale de la choza dando pasos cortos pero rápidos, incansables, al ritmo que impone su tayta que, sin esperarla, posa la mirada fija en las tierras que son suyas por sangre y por historia, pero que la ley desconoce para conveniencia del patrón.
Me gusta imaginarla ingenua, atrevida y reflexiva. Desconociendo las razones para una faena demasiado pesada para su edad, más lejos todavía de las que provocan una suerte tan injusta para los suyos.
Cuidando, con sus turis y sus ñañas, los animales pequeños. Encontrando el juego y la diversión en las faenas del campo. Reconociéndose como una compañera de los pájaros y las papas. Recuperando en su alma la dignidad de su familia, de su comuna, de la humanidad.
No termino de dimensionar cómo se encontró con el coraje interno, con la valentía de años posteriores. Tal vez al reflejarse en la mirada indignada de la mama que se aguanta por supervivencia los maltratos del amito y los golpes del marido. O pudo ser en las discusiones de la comuna, clandestinas y sigilosas, que en un quichua incomprensible desfogaban toda la injusticia cargada durante tanto tiempo.
Sin embargo, en esa incertidumbre, en esa ingenuidad, en esas madrugadas y en esa infantil fragilidad, por ahí fueron echando las raíces de la mama Transito, de la lucha por lo más profundo de la vida y del testimonio, del amor, el sentido y la humanidad que nos deja, para sembrarlos como las semillas que alguna vez acompañó a sembrar. D.B.